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Las fiestas de San Juan, reseña histórica de lo que han sido y de lo que son Relación verídica de las que se celebran en este año de 1868

9781465631398
201 pages
Library of Alexandria
Overview
Cosa sabida es por todo el mundo que los pueblos, como los individuos, tienen su infancia, su juventud, su edad viril y su vejez; y que en cada una de estas épocas, lo mismo que el hombre, cambian de faz, aunque conservando siempre ciertos caracteres que constituyen la fisonomía especial de cada uno, y tambien el carácter moral que les es propio. El hombre tranquilo y circunspecto, que ocupa un lugar distinguido en sociedad por su juicioso proceder, no deja de ser el mismo niño jugueton y travieso que en otro tiempo era el disgusto de sus padres; pero la edad le ha hecho variar de condiciones y sus usos y costumbres han cambiado, si bien conservan siempre cierto sello particular que distingue su individualidad. Es el mismo hombre que fué desde que nació, pero no tiene ya ni la vivacidad de la niñez, ni la impetuosidad de la juventud: sus impulsos violentos se han calmado, sus mismas pasiones se han apaciguado algun tanto. Su genio, por mas que un adagio vulgar diga que genio y figura hasta la sepultura, su genio, repito, ha decaido mucho; sin que por todo eso, deje de reconocerse constantemente el mismo hombre. Tal es la obra lenta pero segura del tiempo, que todo lo muda y lo trastorna todo sin permitir, por lo comun, que ni aun nos apercibamos de ello. Y esa obra se realiza sin intermision, no solo en el hombre, sino tambien en todo lo que le rodea; desde la tierra que cambia de naturaleza, sin cambiar de lugar ni de fisonomía, digámoslo así, y el mineral que acrece y muda de faz sin mudar de naturaleza; hasta el árbol que tiene en su vida las mismas épocas que el hombre en la suya y el animal que se aproxima mas á este; y el mar inmenso que rodea la tierra y que muda sin cesar de aspecto siendo no obstante el mismo en todos tiempos; y el cielo hermoso que nos cubre y que aparece frecuentemente á nuestra vista con distintas faces, por mas que sea siempre el espacio infinito en que se pierde la razon del sábio. Los pueblos se hallan tambien sugetos á esta ley; y por eso los vemos cambiar de faz á medida que pasan años; y mudar de condiciones segun van recorriendo las diferentes épocas de su vida, mucho mas largas por cierto que las de la vida del hombre. Este pueblo, sencillo y frugal en otro tiempo, apenas conserva algunos restos de su pasada sobriedad; aquel otro de carácter alegre y bullicioso, rie todavia y se regocija, pero con cierta compostura que le era antes desconocida; este otro casi no conserva nada del carácter melancólico que distinguia á sus hijos, en medio del estruendo de los negocios que hoy le ocupan; pero en medio de todos estos cambios y mudanzas, que ya desde la época del célebre orador romano hacian exclamar á los viejos ¡O tempora! ¡O mores! y que continuan todavia, apesar de los diez y nueve siglos transcurridos, haciéndoles exclamar ¡Qué tiempos aquellos! refiriendose á los de su juventud; esos cambios y mudanzas, vuelvo á decir, se llevan á cabo sin que los pueblos dejen de ser los que son y sin que dejen de conservar siempre algo que distingue á cada cual de ellos de todos los demás que cubren la superficie de la tierra.